#literatura

Justicia poética

Diana del Ángel (Ciudad de México, 1982) ha escrito Procesos de la noche, un libro valiente, una crónica plagada de poesía y coraje sobre uno de los casos más trágicos y terribles de la historia reciente de México. Sobre la escandalosa muerte de Julio César Mondragón, el joven nacido en el Estado de México desollado en Iguala el 26 septiembre del 2014.

Diana del Ángel no es periodista sino investigadora de literatura, y poeta. En el prólogo a la crónica, la periodista y novelista Elena Poniatowska, escribe, “El paisaje de fondo de estas páginas que jamás debieron escribirse nos golpea, porque en un país ‘normal’ esta joven ensayista estaría dedicada al estudio de la poesía de César Vallejo, Jaime Sabines y Carlos Pellicer (…) en lugar de descender al abismo para documentar nada menos que un desollamiento, que en cualquier lugar del mundo –si es que se practica- es sinónimo de locura, de barbarie, de salvajismo y de monstruosidad”.
 
Sin duda tiene razón Poniatowska, pues con estas palabras subraya el valor y la conciencia social de Diana del Ángel quien en lugar de estudiar y analizar, de manera legítima, poemas; se lanza a seguir el caso de Julio César Mondragón, la exhumación de su cuerpo, para buscar la verdad, esclarecer lo sucedido. Para exigir justicia. Y en el transcurso de esta desencarnada investigación, del Ángel escribe una crónica con dos vertientes. La primera, ya dicha, de exigir justicia. Y la segunda, devolver un rostro a Julio César Mondragón.
 
En estos dos causes, en el de la justicia y la poesía; se encuentra, la primera, con la burocracia; y la segunda, con el recuerdo vivo de la personas que conocieron y quieren a Julio César Mondragón.
 
En la búsqueda de la justicia aparece este mal de nuestro tiempo que es la inhumana burocracia, escribe Diana del Ángel sobre la actitud de un abogado encargado del caso, “lo principal es mantener siempre un lenguaje técnico, no humano. Entre más técnico mejor, entre menos persona veamos a la víctima mejor, para qué decir: Julio, veintidós años, padre de una bebé, esposo de una mujer, hijo de una madre, eso podría ser, no sé, acercarnos un poco a la víctima, sentir por un momento que podemos ser iguales a esas personas violentadas. Mejor que usar cadáver, esa es la distancia precisa”.
 
Sin embargo, este poderoso libro, tiene el aliciente de la exhaustividad de la búsqueda incansable de la verdad por parte de las familiares de Julio –me tomo la licencia de llamarlo por su nombre de pila.
 
Y la otra vertiente del libro, la poética, la búsqueda del rostro es desgarradora a la vez que llena de belleza, pues Diana del Ángel encuentra a Julio Mondragón con vida, encuentra su rostro en las personas que lo conocen y lo quieren. Así, en el transcurso del retrato del joven estudiante, nosotros como simples lectores, vamos conociendo a través de diferentes voces, su personalidad andante y sus anécdotas aventureras de vida que permanecen en el recuerdo de familiares y amigos.
 
No puedo terminar sin citar unas líneas del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos que rondaron mi mente mientras leía la crónica de Diana del Ángel, palabras duras sobre la violencia en Colombia, “Sucede que los asesinos –advierto de pronto, mientras camino frente al árbol donde fue colgada una de las sesenta y seis víctimas- nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos ni en los libros de texto ni en los catálogos de turismo. Porque, dígame usted, y perdone que sea tan crudo, si no fuera por esa masacre, ¿cuántos bogotanos o pastusos sabrían siquiera que en el departamento de Bolívar, en la Costa Caribe de Colombia, hay un pueblo llamado El Salado? Los habitantes de estos sitios pobres y apartados sólo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen”.
 

Procesos de la noche, es, pues, en muchos sentidos, una defensa de la poesía, del derecho de las víctimas a ser humanos. De existir más allá de la tragedia de la que hayan sido víctimas. Humaniza, a través de la justicia de la poesía, a las víctimas deshumanizadas de México que usualmente sólo son un número.

Diana del Ángel, Procesos de la noche, Almadía, Ciudad de México, 2017. 210 páginas.

Abril Castillo Cabrera: el río envenenado de la familia

 

Hay libros que cuando se terminan de leer, se tiene la impresión de ser otra persona que cuando se comenzaron. Son muy pocos. Libros que, de alguna manera, más que curar, recuerdan que hay una herida, y que esta sangra. Son obras excepcionales, casi únicas a la familia que pertenece, sin duda, Tarantela, la primera novela de Abril Castillo Cabrera (Morelia, 1984).

Tarantela también pertenece a ese tipo de libros que intentan cambiar el mundo, que buscan ser una pequeña revolución. Sólo que a diferencia de muchas novelas que indagan la realidad detrás de la historia de un país, o de una cultura, Castillo, aquí lo hace intentando limpiar, drenar, la historia de una familia.

Escribe en la novela, “Una familia es como un río. El agua se contamina y va llegando a distintos causes. Si no lo limpias, cada generación se baña de nuevo en el mismo río”.

Esta idea de modificar una historia y saber qué fue lo que en verdad ocurrió para que no vuelva a suceder, quizá sea uno de los orígenes de toda creación literaria. La Premio Nobel canadiense, Alice Munro, declara que recuerda haber sabido que quería ser escritora, cuando leyó La sirenita de Hans Christian Andersen. Le pareció demasiado triste el final y sintió la necesidad de modificarlo reescribiéndolo. Me parece que algo muy similar hizo Javier Cercas, en Soldados de Salamina o Anatomía de un instante, con la historia reciente de España. Así, Abril Castillo, se da cuenta que si no descubre, sopesa y define su historia familiar, el veneno mortal que ingirió uno de sus tíos, permanecerá no sólo en ella sino también en su descendencia.

Tarantela cuenta la historia precisamente de este tío llamado Jano a quien ella recuerda haberlo visto tan sólo tres veces en su vida. Todas, en una infancia muy temprana en donde los recuerdos se confunden con la imaginación.

Para la narradora, la muerte de este tío, es una fisura que condiciona la existencia, no sólo de sus abuelos, sino también de sus padres y por lo tanto, la suya. El tío, sin que se sepa bien la razón, consumió un elemento llamado talio a tal grado letal, que se utiliza en los raticidas.

Con tan sólo veintisiete años el tío se intoxica con el talio y a partir de ahí comienza la pesadilla que al obviarse se vuelve cíclica.

La narradora a manera de historiadora-detective va buscando entre sus recuerdos, los de su madre y entre las pertenencias de sus abuelos, pistas que puedan arrojar luz sobre esta muerte que en cuanto más indaga, se vuelve más oscura.

Abril Castillo pertenece a una generación de narradores mexicanos nacidos en los ochentas, como Mateo García Elizondo, Antonio Vázquez y Alaíde Ventura, en la cual los escenarios más importantes son cerrados. Pequeños pueblos, casas, habitaciones… a tal grado íntimos, que me parece escriben desde un lugar profundo del cuerpo, desde la parte central de la conciencia.

Tarantela es una novela escrita desde la médula, desde un lugar membranoso y sensible con un lenguaje directo, sencillo, pero muy filoso con el cual logra frases como estas, “Mirarse desde fuera y verse mejorar. Eso hace la escritura. Pero no pudo. Tuvo que vivir su propia muerte. Eso hace la vida”.

Abril Castillo, a través de la voz narrativa de Tarantela, decide que no quiere seguir siendo un río envenenado que mate de manera cíclica, si no convertirse en un estanque que acabe con la pesadilla familiar.

Abril Castillo, Tarantela, Ciudad de México, Antílope, 2019. 193 páginas.

Adán Ramírez Serret

  #historia

Surrealismo y virginidad

En un texto póstumo titulado El Surrealismo Día tras Día leí como Georges Bataille se lamentaba, a propósito de una carta que le había mandado Antonin Artaud años atrás, de la siguiente manera: “Verdaderamente, me sorprendería haber deformado su relato, pero la memoria, aun cuando su objeto es impactante, siempre es un poco móvil y un poco huidiza.”

En el único texto asociado a Objeto móvil recomendado a las familias, la muestra curada por Santiago Villanueva en Fundación Osde, leí a propósito de la conjunción de artistas que se remonta a integrantes del grupo surrealista argentino Orión (nacido en 1939 y pronto disuelto), pasa por los 60’ y sigue hasta nuestros días, lo siguiente: “Esta reunión de obras respeta una memoria inestable del surrealismo, o el superrealismo, en Argentina.”

Por culpa de las drogas y la ebriedad tal vez no me acuerde con precisión del cuadro de Leónidas Gambartes situado al lado del de Fernanda Laguna. O quizás sí. Afortunadamente, ciertos metales colocados en ángulos con el suelo de la sala para oponerse simétricos a los haces de luz pintados en el cielo del cuadro de Laguna, colaboran en sostener mi recuerdo huidizo. De hecho, los metales participan en el concilio de tiempos que acontece en el primer piso de la Fundación OSDE. En otro lugar, más “central”, hay estructuras que incorporan madera: son una obra de Mariana Telleria. Eso me dio a pensar que el montaje de Osías Yanov representa paradójicos andamios a posteriori, aunque también podría ser un insidioso diseño de trampas para cosas que nunca existieron. El que mira también puede ser atrapado. Corre el riesgo de dejarse situar por los conectores sólidos y prácticos de la matriz que pensó el objeto teórico. La metáfora de que el objeto teórico se construye tiene aquí un aspecto bien concreto. Detecto el deseo y la necesidad de fijar de alguna manera la “memoria inestable del surrealismo”.

En la mitología griega Orión es el mejor cazador de monstruos. Paradójicamente hubo un tiempo en el que tuvo que confiar en un niño subido a sus hombros para seguir su camino y recuperar la vista. Su ceguera quedó asociada al castigo divino por un deseo irrefrenable. Sin embargo Orión mereció elevarse al cielo de ambos hemisferios. Sus estrellas son brillantes, la constelación puede identificarse con facilidad. Aquí conocemos su cinto como las Tres Marías.

En la mitología contemporánea, el curador es un cazador sutil. Esta vez Villanueva pone en juego al cazador de monstruos. En el relato que propone, el gigante surrealista recibe ayuda a través de los “momentos de investigación adolescente” de artistas argentinos de distintas épocas. Esos tiempos se vuelven espacio. Los artistas han sido montados al mito. Son parte crucial de la cacería en familia. Y el mito es verdad. Sobre todo si se experimenta como arquetipo vivo. En situaciones de intervención como ésta, en vez de ser una hipótesis de trabajo, el mito toma el lugar de una narrativa compacta conectada a un ámbito trascendente o por lo menos a un espacio de algún modo inasible. Aquí el surrealismo puede concebirse como un relato querido y creído con fuerza, un relato que otorga sentido a ciertos impulsos vitales y espontáneos. Así lo veían Bataille y algunos otros devotos a la religión surrealista. Desde esta perspectiva pienso que al ver esta muestra participé de una única familia de ojos atentos a la elusiva hazaña del grupo Orión y sus continuadores del no-tiempo. Cada ojo de la familia siguió algún objeto móvil y se armó una adolescencia donde el surrealismo sobrevive como gesto en el instante. Ojalá a partir de ahora cada vez “(…) que se mezcle una actitud rupturista con una seguridad en las formas, un momento de indecisión y dudas volcados en una mecánica inesperada” recordemos la emoción de la primera y única cacería: la cacería primigenia.

Por Marcos Cabobianco

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6 comentarios en “Blog”

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